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En la milanesa Plaza del Duomo se encuentra la entrada a las galerías Víctor Manuel III. Su interior es totalmente comercial, aunque abundan también los restaurantes. El techo está acristalado.
Aunque no tenía mucha hambre, decidí por una vez pasar de la comida contratada con el viaje, harto ya de pasta y ensaladas, y me lanzé hacia una de las terrazas dispuesto a ejercer plenamente mi papel de turista.
Pedí ¡como no! un arroz a la milanesa, falto de sabor. Pagué su precio en oro (de hecho su color era dorado, quizá tenía algo que ver) y me fui con la satisfacción del deber cumplido. Fue como no haber salido de Barcelona.
He aquí otra iglesia de forma curiosa, cerca del restaurante donde la comida contratada con el viaje te hacía añorar una vulgar tortilla francesa.