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La vista desde la cúpula de la basílica de San Pedro no tiene parangón. La perspectiva permite apreciar toda la plaza homónima, los doce apóstoles en primer término, y el obelisco central. Tiene forma de dos brazos abiertos abrazando al mundo. Obra de Bernini, data de 1667.
El límite de la plaza, donde cambia el color del asfalto, es la frontera entre Italia y la Ciudad del Vaticano. A sus pies se extiende la Via della Conziliazione. Allá donde alcanza el Tíber se ve el bonito castillo de Sant'Angelo, una torre circular en roca oscura que emerge de una base pentagonal.
Por cierto, la subida a la cúpula no es recomendable para claustrofóbicos ni obesos. El tramo final es una inacabable escalera de caracol de la anchura del cuerpo, que no para de girar y girar mientras sube. Le sigue otro tramo donde se ha de andar torcido pues es la parte final de la cúpula, y las paredes son convexas.